Viajar sola a Barcelona, cuando al arquitectura es el destino
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La capital catalana reúne todos los requisitos para una escapada en solitario, aunque su versatilidad y sus numerosos atractivos la convierten en un destino ideal para viajar con amigas, en familia o en pareja. Ya sea por el clima y sus kilométricas playas, por su espléndida oferta cultural y gastronómica o por su magnífica arquitectura, la capital catalana nunca defrauda.

Barcelona es uno de esos lugares que a veces se revela sorprendente aunque ya lo conozcas. Viví allí durante más de una década y cada vez que regreso no solo me recibe con hospitalidad, sino que sigue teniendo la capacidad de emocionarme. Ya conocemos su lista de atractivos. Pero no es mala excusa visitarla coincidiendo con el centenario de la muerte de Antoni Gaudí –icono universal del modernismo catalán– y disfrutar de sus edificios aprovechando su designación como Capital Mundial de la Arquitectura 2026.
Por eso, desde Etheria Magazine os proponemos observarla con ojos de urbanita, como si contempláramos un exquisito catálogo de joyería monumental. Visitaremos, por supuesto, grandes hitos arquitectónicos, pero también construcciones que, sin despertar el mismo fervor, obsequian una experiencia inspiradora a quienes eligen otro itinerario. Veamos por qué escaparnos a la capital mediterránea es siempre un fantástico plan.
Abajo murallas, arriba manzanas octogonales
Hubo un tiempo en que las ciudades se defendían levantando muros. Así lucía la Barcelona de mediados del XIX, encerrada entre murallas, insalubre, oprimida y desbordada por un tejido industrial que avanzaba con celeridad. Derribarlas se convirtió en una necesidad social y estructural.
Finalmente, entre 1854 y 1856, fueron demolidas, pero no sería hasta 1859 cuando el Consistorio barcelonés convocó un concurso de proyectos urbanísticos. No exento de controversia, ya que fue una imposición del Gobierno de España, se adjudicó a Ildefons Cerdà. Ingeniero y urbanista, imaginó una expansión racional donde la movilidad, la ventilación, la entrada de la luz natural y la igualdad social fueran prioritarias. Su propuesta de Eixample, el famoso Plan Cerdà, planteaba una inmensa cuadrícula de calles amplias y manzanas octogonales rematadas por chaflanes.

Lo curioso de estos elementos tan representativos de Barcelona es que se concibieron no solo por cuestiones prácticas de espacio y funcionalidad, sino que además responden a un tema de defensa estratégica militar. Debemos imaginar una Barcelona próspera, en plena expansión y efervescencia económica, pero también sumida en revoluciones populares. Este trazado permitía a las tropas evitar posibles emboscadas y desplegarse con mayor rapidez. Cerdà no solo quería una ciudad accesible, saludable y socialmente equilibrada, sino también segura.
Barcelona, referente arquitectónico mundial
La paradoja del Plan Cerdá es que terminó convirtiéndose, en sello distintivo barcelonés y en uno de los referentes arquitectónicos más inspiradores y fascinantes de toda Europa.
La burguesía catalana encontró en el Eixample el escenario perfecto para exhibir poder y modernidad; y los grandes arquitectos modernistas, como Gaudí, Domènech i Montaner o Puig i Cadafalch el plano donde construir sus exuberantes y extraordinarios edificios. En su geometría conviven la teatralidad de la basílica de la Sagrada Familia, la monumentalidad de La Pedrera, la magia de Casa Batlló o la funcionalidad del Hospital de Sant Pau, con edificios modernos de líneas depuradas –el Suites Avenue del japonés Toyoo Itō galardonado con el Pritzker es un buen ejemplo–, sin que el conjunto resulte incoherente. Quizá por eso Barcelona continúa siendo un referente mundial en arquitectura. Y no tanto por acumular edificios emblemáticos sino porque nos recuerda que tanto el urbanismo como la arquitectura también pueden emocionar.

Recinto Modernista de Sant Pau, la ciudad de la salud
Las ciudades no son meras escenografías, son parte sustancial de nuestra historia. La del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau comenzó en los albores del siglo XX con el objetivo de sustituir el obsoleto hospital medieval del barrio del Raval, origen de la institución. Financiado principalmente por la generosa donación (seis millones de pesetas de la época) de Pau Gil, un banquero afincado en París, el proyecto fue confiado a Lluís Domènech i Montaner. El arquitecto se inspiró en los hospitales más modernos de Europa para construir una ciudad de la salud.

Lejos de los sombríos e insalubres hospitales de entonces, aplicó un revolucionario planteamiento higienista para diseñar una ciudad jardín con 48 pabellones independientes, destinados a especialidades distintas y conectados por túneles. Cada pabellón se orientó estratégicamente para facilitar la ventilación cruzada, la entrada de luz solar y, de este modo, contribuir a la sanación de los pacientes.
El proyecto, que ocupaba cuatro tomos, “los cuatro evangelistas” lo llaman, no solo era ambicioso a nivel técnico, sino que a nivel artístico era muy recargado: mosaicos, esculturas, mobiliario, vitrales, cerámica policromada rematando las cúpulas… Marca de la casa. No hay más que ver el Palau de la Música para comprobar que Domènech i Montaner padecía cierto grado de horror vacui. Como era de esperar, el dinero no tardó en acabarse. Aun así logró ejecutar gran parte del complejo hospitalario, una joya modernista y Patrimonio de la Unesco desde 1978 por su belleza y singularidad constructiva que hoy se puede visitar. Las entradas, a partir de 17 €, se pueden comprar con antelación o en el mismo recinto.
Basílica de la Sagrada Familia, una oda a la naturaleza y a la luz
1883 fue un año decisivo en la vida de Antoni Gaudí. Conoció a Eusebi Güell, su gran amigo y mecenas; diseñó su primera casa, Casa Vicens, y lo contrataron para hacerse cargo de la Sagrada Familia tras la destitución de Francisco de Paula del Villar, artífice del proyecto original. Salvo la cripta de estilo neogótico ya construida, transformó totalmente el diseño.
Gaudí era profundamente católico, pero también muy crítico con la Iglesia. Quería que la luz fuera un elemento fundamental del templo. “Estimat Torras, o metéis luz en la iglesia, y no solo física sino también en el discurso, o las iglesias se van a vaciar”, le decía a Torras i Bages, amigo y obispo de Barcelona. No le faltaba razón. Por eso imaginó una Biblia de piedra donde las imágenes religiosas decoraban las fachadas exteriores y la luz inunda el interior.

Un templo inspirado en las formas de la naturaleza. Dentro no hay capillas, dorados, ni elementos ornamentales ostentosos. En su lugar encontramos columnas helicoidales que se ramifican como árboles, transformando la nave en un extraordinario bosque de piedra que soporta las bóvedas de manera casi orgánica. Coincidiendo con el aniversario de su muerte, su obra cumbre debería estar finalizada. León XIV la verá maquillada y vestida con sus mejores galas, pero deberá regresar en 2033 (150 aniversario de la contratación del arquitecto) si quiere verla terminada. Queda mucho por hacer, como la fachada de la Gloria o la gran escalinata de la calle Mallorca, cuya ejecución depende de la expropiación de varias manzanas del Eixample. Aun así, mientras todo se completa y se agranda su leyenda, su influjo atrae millones de visitantes cada año.
Casa Vicens, la ópera prima del genio modernista
“Imaginemos una casa, ni grande ni pequeña, una que podríamos decir ordinaria, enriqueciéndola y engrandeciéndola se convertirá en palacio”, afirmaba Gaudí en uno de los pocos escritos suyos que se conservan. Eso es Casa Vicens (Carrer Carolines 20-26), un paraíso terrenal, una apacible casa solariega resguardada en el corazón del populoso barrio de Gracia. La ópera prima de un joven Antoni Gaudí fue construida entre 1883 y 1885 como residencia veraniega de la familia Vicens i Montaner, cuyo diseño rompe con el academicismo tradicional para abrazar una libertad creativa desbordante.

La vivienda, Patrimonio de la Unesco desde 2005, es un tributo al arte mudéjar y orientalista, un alarde de innovación y creatividad, y también el fruto de una minuciosa observación de la naturaleza. Todo ello lo apreciamos en cada detalle. En la combinación de materiales de la fachada (cerámica, hierro y ladrillo) y en su revestimiento cerámico donde combina azulejos blancos y verdes con otros decorados con clavel de moro, seña de identidad de la casa.
También en el jardín proyectó una cascada, hoy desaparecida, y una fuente inspirada en las telas de araña orientada de tal forma que a la puesta del sol se formaba un arcoíris en el agua. En el interior vemos vigas decoradas con hojas y arándanos que parecen cerámica, pero en realidad son de papel maché para lograr estructuras más ligeras. Nada queda al azar. Casa Vicens es más que una genial declaración de intenciones, es el preludio de toda su obra posterior.
La Pedrera-Casa Milà, de controversia urbanística a icono de la ciudad
Hoy en día la Casa Milà (Pg de Gràcia, 92) es un referente arquitectónico y uno de los monumentos más fotografiados y visitados de Barcelona. Pero antes de alcanzar este estatus fue una auténtica pesadilla para los señores Milá –con los que Gaudí no mantenía una buena relación, en parte por los elevados costes– y para el vecindario que veían semejante mole de piedra como una aberración que devaluaba el valor del aristocrático paseo y de sus viviendas. La que sería su última obra civil y una de las más innovadoras tanto a nivel funcional como ornamental, se construyó entre 1906 y 1912, en la cúspide de su plenitud profesional.

Gaudí construyó dos inmensos patios interiores para facilitar la iluminación y ventilación de todos los apartamentos, y un garaje en el sótano para automóviles y carruajes, un elemento absolutamente innovador y visionario. No fue el único. “Los edificios deben tener una doble cubierta, como las personalidades tienen sombrero y sombrilla”, decía. Por eso entre la última planta y la azotea creó un desván para alojar equipaciones, como lavadero, tendedero y trasteros, pero que también funcionaba como una cámara térmica aislante. Desde ahí se accede a la “sombrilla”, la azotea donde se alzan un total de 29 chimeneas, dos torres de ventilación y pequeños arcos a ambos lados de las cajas de escalera recubiertos de trencadis, uno de ellos enmarcando su obra magna, la Sagrada Familia.
La vivienda contaba, incluso, con ascensor, aunque parece que se averiaba constantemente y cuando estaba operativo tardaba ¡siete minutos! en subir hasta la cuarta planta. Para la puerta principal hizo traer desde Alemania un cristal de grandes dimensiones (que les costó un dineral y un buen cabreo a los señores Milà), pidió a sus operarios que lo sujetaran y que cuando contara hasta tres lo soltaran. La maravilla que vemos ahora es el resultado de un vidrio roto por la gravedad reparado por el herrero. No es de extrañar que Rosario Segimon, propietaria de la fortuna familiar y de la casa, prefiriese la compañía de sus dos guacamayos, Gonzalo y Amaya, y que tras la muerte de Gaudí no sólo se deshiciera de la mayoría de los muebles diseñados por él, sino que hizo una rehabilitación integral de su apartamento alterando techos, suelos, puertas, ventanas…
Fuera de circuito: Casa de la Arquitectura y la Escola Industrial
Lejos de las masificadas rutas modernistas, el Eixample custodia algún que otro secreto a voces, para los barceloneses, pero bastante desconocido para los foráneos. Veamos primero el recinto modernista de la Escola Industrial (calle Comte d’Urgell), en origen una antigua fábrica textil de la familia Batllò –no la del Paseig de Gràcia–.

Aunque en su construcción intervinieron varios arquitectos, su diseño inicial es obra del valenciano Rafael Guastavino, el mismo que revolucionó la arquitectura de Estados Unidos utilizando la volta catalana (bóveda catalana), una técnica de construcción tradicional mediterránea, en edificios tan emblemáticos como Grand Central Station. Del antiguo complejo fabril, reconvertido en escuela de oficios técnicos a principios del siglo XX, perviven las amplias naves, la chimenea de ladrillo, el edificio del Reloj y el paraninfo que visitó Albert Einstein durante su estancia en Barcelona en 1923. Hoy en día el recinto y sus jardines están abiertos al público además de alojar varios centros de enseñanza y oficinas de la Diputación.
Escasos metros nos separan de la antigua sede de la editorial Gustavo Gili (Roselló, 87-89), construida entre 1954 y 1960, premio FAD de Arquitectura en 1961. Situada en el interior de una manzana del Eixample y considerada uno de los mejores ejemplos del racionalismo catalán, este edificio de líneas depuradas y geometrías funcionales se ha convertido ahora en la Casa de la Arquitectura, un lugar consagrado a esta disciplina tan ligada a la idiosincrasia barcelonesa. En su interior se exhibirá de manera permanente la Maqueta Plan de Barcelona 2026-2025, una precisa e inmensa representación de la ciudad, creada con motivo de la Capital Mundial de Arquitectura.
Colonia Güell, modernismo social y laboratorio de pruebas de Gaudí
La última parada nos lleva hasta Santa Coloma de Cervelló, a 18 km de Barcelona, al lugar donde se levanta la Colonia Güell, un singular proyecto urbanístico y sociológico que el empresario Eusebi Güell ideó a finales del XIX. La idea era mantener la fábrica lejos de los conflictos sociales de la gran urbe. Para ello trasladó la producción a las afueras y planteó un complejo residencial en el mismo recinto fabril con viviendas dignas y equipamientos culturales y religiosos –escuela, teatro, iglesia, cooperativa de víveres, consultorio médico– para los trabajadores en un entorno saludable.

Aunque los arquitectos Joan Rubió y Francesc Berenguer i Mestres diseñaron gran parte de la colonia con un magistral uso del ladrillo visto, el imán indiscutible del recinto es la iglesia inacabada, conocida como la Cripta Gaudí. Fue precisamente en esta obra donde el arquitecto redefinió las leyes de la gravedad, un laboratorio de pruebas donde ensayó soluciones estructurales que después aplicaría a la Sagrada Familia. De hecho, el proyecto concebido como una iglesia de dos plantas, rematada por varias torres laterales y un cimborrio de 40 metros, se asemeja extraordinariamente a su obra magna.
Si no disponemos de vehículo, varias líneas de los Ferrocarriles de la Generalitat (desde plaça Espanya) tienen parada en la estación Colonia Güel.
Guía práctica de Barcelona
Dónde comer
Restaurante TRÜ. Con apenas unos meses de recorrido, TRÜ (Córcega 232) es la nueva propuesta gastronómica del equipo del restaurante AÜRT del chef Artur Martinez. Cocina catalana actualizada, muy sabrosa y presentada en un formato informal, ideal para compartir. Trabajan con sus productores de cabecera y como parte de un proyecto de recuperación de patrimonio ancestral, ellos mismos elaboran sus vinos, vermuts, quesos y condimentos.
Semproniana. La chef Ada Parellada fundó en 1993 este restaurante ubicado en Rosselló 148, en pleno corazón del Eixample. Acogedor y con una carta honesta, exquisita y muy bien elaborada. Basada en la cocina catalana, encontramos verdaderas delicias como el mini canelón relleno de butifarra negra, la tarrina de escalivada con sardina ahumada o el bacalao al alioli de membrillo y judías del Ganxet.
La Palmera. La última recomendación nos lleva a Enric Granados 57. Ubicado en un antiguo colmado se encuentra este restaurante de cocina mediterránea elaborada con ingredientes de primera. Un clásico barcelonés donde disfrutar de entrantes para compartir, ensaladas, verduras, carnes, pescados o especialidades como el foie.
Dónde dormir
Hotel H10 Art Gallery. Este alojamiento ubicado en pleno Eixample (Enric Granados 62-64) resulta ideal para pernoctar por su céntrica ubicación y la amabilidad de su personal.
Si buscáis una cicerone de primera, apuntad este nombre: Anna Carrasco (Barcelonina.com)
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