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Dos sabores de Lisboa del siglo XIX que han sobrevivido al paso del tiempo

Lisboa invita a ser amada sin prisas, sentida en la tristeza de cada fado, recorrida con parsimonia en los tranvías y admirada en cada fachada de azulejos, pero si se busca saborearla no hay nada como un sorbo de ginjinha o un mordisco de un pastel de nata, con su leve crujido y su dulce crema.

Pastel de nata tradicional de Lisboa. © David Magalhães
Pastel de nata tradicional de Lisboa. © David Magalhães

Lisboa guarda secretos que van más allá de su arquitectura o de su cultura y que se descubren mientras se recorre la ciudad de una manera pausada. En vuestro próximo viaje os invitamos a sentir la capital portuguesa a través del paladar saboreando dos de sus productos más emblemáticos: la ginjinha y los pastéis de nata. Dos delicias que se pueden tomar en cualquier momento, en el desayuno, al deambular por la ciudad o para terminar cualquier comida con un toque dulce. Os hablamos de los orígenes de estos dos productos portugueses.

En Ginjinha do Carmo la ginjinha en vasito de chocolate.
En Ginjinha do Carmo la ginjinha en vasito de chocolate.

La ginjinha, licor de guinda

Para conocer la ginjinha basta con acercarse a casi cualquier bar, pero los locales más auténticos del centro histórico siempre son más especiales y rezuman historia, con su barra custodiada por botellas y unos pocos taburetes. La pregunta habitual que os harán al pedir vuestra bebida será "¿Com elas ou sem elas?", es decir, con guindas o sin ellas. La respuesta la dejamos a vuestra elección, pero el primer brindis bien podría ser por esta preciosa ciudad.

La ginjinha no es un licor como tantos otros, sino que recoge la esencia de Lisboa de forma líquida, dulce y un poco punzante. Elaborada con guindas maceradas en aguardiente, azúcar y un delicado toque de especias, esta bebida transmite en cada sorbo casi dos siglos de historia. Lejos de ser un capricho local, se ha consolidado como un producto con identidad internacional cuya producción alcanza 150 000 litros anuales y se exporta Europa, América y Asia.

Bar Espinheira, local tradicional de Ginjinha.
Bar Espinheira, local tradicional de Ginjinha.

Aunque las guindas ya se usaban en recetas medicinales desde la Edad Media, fue en 1840 cuando se transformó en el licor que hoy conocemos. Y el artífice de su popularidad se cree que fue Francisco Espinheira, que inspirándose en la receta de un fraile, comenzó a servirlo en un diminuto local de la calle São Domingos, número 8, a pocos metros de la plaza del Rossio. Aquella mezcla inicial conquistó de inmediato a los lisboetas, que convirtieron la ginjinha en un ritual cotidiano. Desde entonces, pedir una ginjinha es un gesto habitual para entrar en calor en las frías mañanas de invierno, tomar un descanso en medio de la jornada, hacer una parada improvisada en la calle o incluso dar inicio a una larga noche de fado.

Ginjinha Sem Rival, local tradicional de Lisboa.
Ginjinha Sem Rival, local tradicional de Lisboa.

Dónde tomar ginjinha

La tradición sigue viva en establecimientos históricos y familiares tan conocidos como A Ginjinha Espinheira o Ginja Sem Rival, que han mantenido intacto el ritual. Los visitantes reciben su vaso de cristal, lo beben de pie, sin prisas ni protocolos, y por unos instantes se sienten parte de la ciudad.

Si os apetece probar una versión más creativa, tendréis que acercaros a la Calçada do Carmo, donde se encuentra el popular Ginjinha do Carmo, que sirve el licor en copas de chocolate: un maridaje muy acertado, porque ¿cómo no va a estar buena la combinación de guindas y chocolate?

Aunque la forma clásica de beberla se mantiene igual, este popular licor ha despertado el interés de la coctelería contemporánea. Los nuevos bartenders lo han incorporado a sus cócteles de autor como un elemento diferenciador que equilibra dulzor y amargor.

Los pasteles de crema comenzaron a elaborarse en el barrio lisboeta de Belém. © Magdalena Raczka
Los pasteles de crema comenzaron a elaborarse en el barrio lisboeta de Belém. © Magdalena Raczka

Pastéis de nata o de Belém

Hay ciudades que se reconocen por su skyline, su música o su idioma. Lisboa, además, se reconoce por un aroma: el del hojaldre crujiente y la crema tibia de los pastéis de nata recién salidos del horno, que se esparce por las calles como una invitación imposible de rechazar.

Estos pequeños pasteles de crema nacieron casi por azar en el barrio de Belém a principios del siglo XIX. Los monjes del monasterio de los Jerónimos, que se enfrentaban a la falta de recursos tras la disolución de los conventos, comenzaron a venderlos en una pequeña tienda cercana. Lo que empezó como un modo de subsistencia se transformó rápidamente en una tradición que conquistó a la ciudad y, con el tiempo, traspasó fronteras. Hoy día, aquellos pastéis de Belém de 1837 siguen elaborándose con la receta original: un secreto guardado bajo llave que solo conocen unos pocos maestros pasteleros.

Cómo es el pastéis de nata perfecto

El pastel de nata perfecto se reconoce por su equilibrio: la base de hojaldre debe ser ligera y crujiente, formada por finas capas que se rompen al primer bocado. En su interior, la crema de yema y leche, apenas dulce, se hornea hasta adquirir ese característico color dorado con manchas tostadas en la superficie. Servidos calientes y espolvoreados con un poco de canela o azúcar glas, representan la quintaesencia de la repostería portuguesa.

Más allá de Belém, los pastéis de nata se encuentran en prácticamente cada esquina de Lisboa. Desde pastelerías históricas hasta cafés contemporáneos, cada local ofrece su versión, defendida con orgullo como “la mejor de la ciudad”. Probar varios se convierte casi en un rito de iniciación que os animamos a llevar a cabo. Lo interesante es que, pese a su aparente sencillez, cada pastel tiene sus matices: más cremoso o más compacto, con un hojaldre más fino o más denso, con un toque de limón, vainilla o incluso notas cítricas inesperadas.

Aquellas que vivan o viajen a Madrid, también tendrán la posibilidad de comprar estos ricos pasteles en las tres tiendas de Manteigaria, una de ellas en plena Puerta del Sol (carrera de San Jerónimo).

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