Chile tiene el vino que Europa lleva siglos buscando
- Estilo de vida Lo último en viajes
- Se lee en 6 minutos
Chile es un destino que crece a medida que se conoce, y una de sus últimas propuestas para el viajero español es el enoturismo. Se podría decir que cuanto más tiempo se dedica a conocer sus atractivos turísticos, más capas aparecen. Y eso, en un mundo saturado de experiencias que prometen mucho y a veces entregan poco, es algo que vale la pena buscar. En esta ocasión, nos detendremos en todo lo que ofrece alrededor del mundo del vino.

Entre los Andes nevados y la brisa salada del Pacífico, Chile ha construido una propuesta enológica que va mucho más allá del vino. Es paisaje, historia, gente y una forma de entender el mundo de las bodegas que merece vivirse desde dentro. Chile figura actualmente entre los destinos enológicos imprescindibles para las amantes del vino y no es por casualidad. Sus regiones vitivinícolas ofrecen una diversidad de estilos y terroirs que muy pocos países pueden igualar. Recorrerlas es, en cierta manera, recorrer el país entero, desde los valles áridos y luminosos del norte hasta los viñedos más australes del mundo, pasando por esa franja central donde nació todo.

Las bodegas de cada valle
El Valle Central, a pocas horas al sur de Santiago, concentra la mayor densidad de viñedos del país. Dentro de él, el Valle del Maipo es el más antiguo y quizás el más reverenciado. Sus cabernet sauvignon son elegantes, estructurados, con esa sobriedad que da crecer mirando los Andes. Aquí conviven bodegas históricas con proyectos más recientes que han sabido modernizarse sin perder el alma. Entre ellas destaca Viña Santa Rita, recientemente reconocida por Forbes como la mejor bodega del mundo, un título que en el Valle del Maipo nadie recibió con demasiada sorpresa.
Más al sur, el Valle de Colchagua produce tintos poderosos y expresivos que han conquistado mercados internacionales con una facilidad pasmosa. La zona tiene además una gran oferta cultural, con el Museo Colchagua de Santa Cruz como referencia ineludible para entender la historia del país más allá de la copa. Por su parte, el Valle de Casablanca es fresco, casi marino, y sus vinos blancos de sauvignon blanc o de chardonnay tienen una vivacidad que se explica por la influencia directa del Pacífico. En el Valle de Aconcagua, en cambio, el paisaje es más dramático y los viticultores tienen ese espíritu de frontera, esa voluntad de probar cosas nuevas que hace interesante asomarse a sus proyectos.
Y luego está el Carménère, la gran seña de identidad vinícola chilena. Una uva noble, de origen bordelés, que se creyó extinguida tras la filoxera del siglo XIX y que sobrevivió aquí sin que nadie lo supiera durante décadas. Su redescubrimiento, en los años noventa, fue toda una sorpresa. Hoy es el emblema del país, un vino con carácter propio, con esa mezcla de fruta oscura, especias y una suavidad tanina que lo hace completamente reconocible. Probarlo en el lugar donde creció es una experiencia que va más allá de la cata y que os recomendamos encarecidamente.

Experiencias en torno a la bodegas
El enoturismo chileno no sólo sorprende por la calidad de sus vinos sino también por las experiencias que se ofrecen a los visitantes. Las catas con enólogo son solo el punto de partida, ya que también se puede optar por recorridos a caballo o en bicicleta por los viñedos, pícnics con vistas a la cordillera o visitas guiadas por espacios de arquitectura contemporánea que en sí mismos justifican el viaje. El vino aparece en todas partes, claro, pero siempre integrado en algo mayor, en un relato que habla de una manera de entender la vida.
Algunos productores han ido más lejos todavía y ofrecen alojamiento boutique integrado en el paisaje vinícola. La histórica Casa Real de Santa Rita conserva ese aire señorial de otro siglo que resulta irresistible. Viña VIK es un proyecto de lujo discreto y contemporáneo, escondido entre colinas del Valle de Cachapoal, con una arquitectura que habla con el entorno sin imponerse. Y para las viajeras que buscan algo verdaderamente singular, el Hotel Cava Colchagua permite dormir dentro de antiguas barricas de vino reconvertidas en habitaciones. Una locura, en el mejor sentido.

Días de vendimia
La vendimia en los valles chilenos, entre marzo y mayo, no es un evento para turistas sino una celebración que los viajeros tienen la suerte de poder compartir con la población local. Las plazas de localidades como Santa Cruz, en Colchagua, o Curicó, en el Maule, se llenan de música, de mercados artesanales y de vino. Hay espectáculos folclóricos, gastronomía local en su mejor versión y la posibilidad de pisar uvas con los pies descalzos, que tiene algo de ritual antiguo.
El Valle de Casablanca celebra también su propia vendimia con un carácter más vinculado al mundo de los vinos blancos y de las bodegas boutique que han convertido a este valle en referencia internacional.

Un vino que cuida lo que le rodea
La industria vinícola chilena lleva años trabajando con conciencia medioambiental, un número significativo de bodegas operan bajo certificaciones ecológicas, cuidan sus suelos con prácticas regenerativas y han hecho del bajo impacto ambiental una filosofía de producción. En un momento en que el origen de lo que consumimos importa más que nunca, ese compromiso añade una capa de valor al vino que va más allá del sabor.
Las experiencias que ofrecen estas bodegas sostenibles están pensadas también para conectar al visitante con el territorio de una manera responsable. Senderismo entre viñedos, talleres de elaboración artesanal, degustaciones de productos locales que forman parte del mismo ecosistema. Chile entiende el enoturismo como algo que debe dejar el paisaje mejor de como lo encontró.

Rutas bien comunicadas
Una de las grandes virtudes de Chile es que sus regiones vinícolas están bien comunicadas entre sí. La Ruta del Vino de Colchagua y la de Casablanca son dos recorridos bien diseñados que combinan visitas a bodegas con gastronomía y cultura local, pero la geografía invita también a combinar vino con otras experiencias. Desde el Valle de Casablanca hasta Valparaíso hay apenas media hora y sus restaurantes con vistas al Pacífico son el antídoto perfecto para quienes necesitan algo de aire marino entre copa y copa. Por último, no podemos olvidar Santiago, una ciudad que merece tiempo para gozar de su gastronomía, su ambiente y sus barrios históricos.
Fotos: Cedidas por Turismo de Chile.
También te puede interesar…
• San Pedro de Atacama, la capital del ‘buenrollismo’ está en Chile.
• Valparaíso, una bonita ruta de street art en la ciudad chilena del arcoíris.