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Samarcanda, todo lo que no puedes perderte en la ciudad de Tamerlán

En Uzbekistán hay varias ciudades que deberían visitarse en un viaje, pero Samarcanda es sin duda la más conocida por su arquitectura y el peso de su historia. En esta ciudad, que aparece con una fisonomía mucho más moderna de lo que puedas imaginar, se encuentran algunos de los tesoros arquitectónicos más preciados del imperio de Tamerlán y de las ciudades de las Rutas de la Seda.

Mujeres paseando por el interior de la madrasa de Tilya Kori, en la plaza de Registán. © Susana García
Mujeres paseando por el interior de la madrasa de Tilya Kori, en la plaza de Registán. © Susana García

En un viaje por Uzbekistán hay un lugar que no puede faltar en ninguna ruta: Samarcanda. Una ciudad que floreció gracias al abrigo de las míticas Rutas de la Seda y que fue mimada y embellecida por el gran conquistador Amir Timur, más conocido en Occidente como Tamerlán. Aquí, mientras se comerciaba con seda, especias o piedras preciosas, también se intercambiaban conocimientos sobre matemáticas, astronomía o filosofía. Todo en el marco de los azulejos relucientes que cubren caravanseráis, madrasas y mezquitas en la que fue una de las ciudades más importantes del mundo islámico.

En este artículo te recomendamos siete lugares imprescindibles que tienen que estar en una visita a Samarcanda. Pero, a pesar de la inmensa presencia de estos edificios, que en su mayoría han sido reconstruidos de forma maravillosa tras la caída de la Unión Soviética y la independencia de Uzbekistán, hay algo intangible que te acompaña allá donde vallas. Una mezcla entre el peso de una historia que colocó a esta ciudad en el centro del mundo durante la dinastía timúrida y la energía imparable de los uzbekos de hoy en día, que no dudan en mostrar su perseverancia en lanzar al país a un lugar distinto, tradicional y moderno a la vez.

Estatua de Ulugbek, cerca del observatorio. © Susana García
Estatua de Ulugbek, cerca del observatorio. © Susana García

La Plaza Registán, el corazón de Samarcanda

Esta plaza es, sin ninguna duda, una de las más bellas del mundo. La monumentalidad de los tres edificios que ocupan tres de sus lados y el mirador escalonado ubicado en el cuarto, hacen de ella un lugar que se abre al visitante con el orgullo de mostrar sus tesoros. No hay que olvidar que este lugar, como otros muchos en Uzbekistán, ha sido reconstruido, tras quedar en ruinas por los bombardeos soviéticos, gracias al empeño de los uzbekos y a instituciones como la Unesco. Sus maravillosas madrasas incluso llegaron a ser utilizadas como establos.

Iluminación nocturna de la plaza Registán. © Susana García
Iluminación nocturna de la plaza Registán. © Susana García

La madrasa de Ulugbek

Construida en 1420 por Ulugbek, es todo un símbolo de lo que fue el nieto de Tamerlán para el imperio timúrida. Este gobernante, más astrónomo y científico que guerrero, ideó este espacio como un centro educativo donde se estudiaran matemáticas, astronomía, filosofía y teología y lo convirtió en un punto de encuentro de los sabios del mundo islámico. Su decoración, en la que domina la geometría y los motivos estrella, responde también a las inquietudes de Ulugbek, y las celdas del tranquilo interior están ocupadas hoy en día por tiendas de artesanía.

La madrasa Sher-Dor

Construida en el siglo XVII frente a la madrasa de Ulugbek, su nombre, que significa “la que tiene tigres”, alude a la decoración de su monumental portada: dos enormes felinos que reflejan lo que en aquel entonces en esta zona del mundo se identificaba con tigres persiguiendo unos ciervos bajo un sol antropomorfo. Todos estos elementos son anómalos en la decoración islámica ya que el Islam prohíbe la representación de animales y figuras humanas. Se dedicó a la enseñanza superior del Islam y en ella podían vivir los estudiantes.

Detalle de la decoración de la fachada del la madrasa Sher-Dor. © Susana García
Detalle de la decoración de la fachada del la madrasa Sher-Dor. © Susana García

La madrasa Tilya Kori

Levantada sobre un antiguo caravanserai, es la última que se construyó en la plaza, en el siglo XVII, poco después de la de Sher-Dor. Representa la última etapa de esplendor tras el reinado timúrida. Su nombre, que significa “cubierta de oro”, responde a su interior profusamente decorado con dorados, sobre todo en la maravillosa sala de oración de la que fue durante mucho tiempo la mezquita más importante de la ciudad. Mantiene, como las otras dos madrasas de la plaza, la armonía de sus cúpulas turquesa y la decoración de azulejos brillantes con formas geométricas.

Detalle de la decoración interior de la madrasa de Tilya Kori. © Susana García
Detalle de la decoración interior de la madrasa de Tilya Kori. © Susana García

Mausoleo de Amir-Timur

Sin la figura histórica del gran conquistador y guerrero Amir Timur (Tamerlán) no se entiende Samarcanda, que fue la capital del gran imperio que formó en el siglo XIV y que ocupaba toda Asia Central y llegaba desde Arabia y las cuencas del Tigris y el Éufrates hasta la India y China. El mausoleo que hizo construir para ser enterrado él y su dinastía, conocido también como de Gur-e-Amir (que significa “tumba del rey”), refleja la grandiosidad y elegancia tan características de la arquitectura y la decoración timúrida. Es uno de esos complejos arquitectónicos que en Samarcanda te ponen muy difícil dónde dirigir la vista, aunque aquí muchas miradas se las lleva la impresionante cúpula de 32 metros de alto.

El interior es tan impresionante como el exterior, con paredes decoradas con mármol, ónix y complejos motivos ornamentales que rodean la sobria tumba tallada en un gran bloque de jade verde oscuro de Tamerlán. Y, alrededor de ella, las lápidas de sus hijos, nietos y su maestro espiritual, Mir Sayyid Baraka.

Patio de entrada al Mausoleo de Amir-Timur. © Susana García
Patio de entrada al Mausoleo de Amir-Timur. © Susana García

Mezquita Bibi-Khanym

Esta enorme mezquita construida a finales del siglo XIV tras la victoria de la campaña en la India es otro de los grandes símbolos de poder de Amir Timur en Samarcanda. Se dice que nació con la ambición de ser la mayor mezquita del mundo islámico y que está dedicada a Bibi-Khanym, la esposa favorita del gobernante. Destaca su alta portada, su gran sala de oración cubierta por una cúpula azul de más de 40 metros de altura y su acogedor patio interior.

Patio interior de la mezquita Bibi-Khanym. © Susana García
Patio interior de la mezquita Bibi-Khanym. © Susana García

Mercado Siyob

Los mercados son una visita imprescindible cuando se viaja, ya que permiten acercarse a la vida local y a algo tan cotidiano como qué se consume en los hogares. El mercado Siyob, situado al lado de la mezquita Bibi-Khanym, es un buen ejemplo. Es cierto que cuenta con puestos de especias, tés y frutos secos muy frecuentados por turistas, pero también se puede ver a los habitantes de Samarcanda comprando el pan tradicional hecho a mano, la verdura y objetos cotidianos en los bazares. Es un lugar muy animado, con actuaciones de artistas callejeros y gente de todo tipo deambulando entre sus puestos.

Pan en el mercado de Siyob. © Susana García
Pan en el mercado de Siyob. © Susana García

Mausoleos Shah-i-Zinda

Los destinos regalan lugares mágicos que es probable que antes de viajar no fueran aquellos en los habías puesto el foco. Eso sucede con el complejo de mausoleos Shah-i-Zinda que, más allá de ser un conjunto de tumbas de personalidades de la época timúrida con gran refinamiento en los detalles, traslada a otra época y respira espiritualidad. Pasear por la estrecha avenida en la que se ubican estos mausoleos construidos entre los siglos XI y XV permite recorrer un auténtico catálogo de decoraciones con azulejos típicos de Samarcanda.

El nombre, Shah-i-Zinda, que significa “el rey viviente”, hace referencia a Kusam ibn Abbas, primo del profeta Mahoma, cuya tumba se encuentra aquí y ha convertido al lugar en un importante centro de peregrinación islámica.

Mausoleos Shah-i-Zinda. © Susana García
Mausoleos Shah-i-Zinda. © Susana García

Observatorio de Ulugbek

El nieto de Tamerlán, Ulugbek, tuvo sobre sus hombros la dirección del gran imperio que había conquistado su abuelo. Pero fue un gobernante más interesado por la ciencia y la astronomía que por las conquistas y, gracias a él, Samarcanda se convirtió en un gran centro cultural. En el siglo XV mandó construir este observatorio, uno de los más grandes del mundo islámico, y, aunque quedó en parte destruido, todavía se conserva un enorme sextante subterráneo que se utilizaba para calcular la posición de las estrellas con gran precisión. Hoy en día el espacio alberga también un pequeño e interesante museo que pone en valor los avanzados estudios en Astronomía y Matemáticas a los que se llegaron en esta época, además de la figura de Ulugbek y otros científicos de este periodo.

Fachada del observatorio Ulugbek. © Susana García
Fachada del observatorio Ulugbek. © Susana García

Avenida Tashkent y la Samarcanda soviética

Aunque el peso de la historia antigua de Samarcanda es abrumador, es una gran ciudad con cerca de un millón de habitantes en continuo desarrollo. El estilo soviético, que responde al dominio de la URSS durante gran parte del siglo XX, ha dejado su impronta en muchos edificios, pero también es una ciudad de grandes parques, tiendas de grandes cadenas y cafeterías y terrazas donde detenerse a tomar algo. Esto también es Samarcanda y, precisamente, es la muestra de que es una ciudad viva que mira al futuro con ilusión y que convive con orgullo con un pasado en el que llegó a ser el centro del mundo conocido.

Guía práctica de Samarcanda

Cómo llegar

Algunas aerolíneas vuelan a Samarcanda desde España con escala, por lo que es un excelente lugar para iniciar o terminar una ruta por Uzbekistán. Si viajas desde otro punto de Uzbekistán, puedes llegar en avión, en tren de alta velocidad (normalmente hay que reservar los billetes a través de una agencia) o en coche.

Cómo moverse

Samarcanda es una gran ciudad con bastante tráfico. Algunos lugares históricos se pueden conocer paseando, como el conjunto de Registán, la mezquita Bibi-Khanym y el mercado Siyob. Para llegar a otros como el observartorio de Ulugbek o los mausoleos Shah-i-Zinda tendrás que desplazarte en coche, puedes coger taxis tradicionales (negocia el precio antes de iniciar el trayecto) o utilizar aplicaciones como Yandex Go, similar a Uber.

Cómo entrar a los monumentos

Para entrar a algunos monumentos hay que comprar entrada, se hace directamente en las taquillas. Conviene llevar algo de dinero en efectivo por si acaso, aunque la utilización de tarjetas de crédito está muy extendida.

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